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EL DÍA QUE NO SERÁS

Ojanguren. Fotografía y vídeo

Del 3 al 23 de septiembre de 2012.


Sala de Exposiciones del Espacio Joven


El día que no serás

En “El día que no serás” se entrelazan ausencia, identidad y corporeidad; términos claves en el movimiento artístico feminista norteamericano.

¿Con qué palabras es posible describir este torbellino borboteante, si él mismo es producto de la pobreza de nuestro lenguaje, que no sólo no comprende el todo, sino que deja márgenes y residuos cada vez más grandes, hasta el punto de que propiamente estos restos parecen ser ahora lo real, o su parte más importante? ¿Con qué palabras, si ellas no tienen más poder, si se han vueltos impronunciables?

La respuesta es el silencio, la nada, la ausencia.

El lenguaje no ha desaparecido tanto en cuanto sigue su formalismo; sin embargo su discurso ya no es pronunciable, ya no resulta real, sino parte de una encarnizada metamorfosis que se aleja de lo “tangible” y vivencial.

Y es que, las cosas son mudas porque ya no pueden hablar; porque han sido acalladas dentro de las reglas del lenguaje, aquel de la racionalidad clásica, que ya no puede comprender lo que de ‘nuevo’ emerge en la escena histórica.

Es hora de que, en verdad, el vacío,  tenga voz propia y asimismo “su espacio”, como ya intentaron y lograron artistas referenciados en el anterior apartado como Fontana, Mies Van Der Rohe, Pablo Serrano o López Aparicio entre otros.

En la propuesta que lanzo se entrelazan ausencia, identidad y corporeidad. Estos términos fueron claves en el movimiento artístico feminista norteamericano durante las décadas de los sesenta y setenta, con artistas con Sophie Calle, Cindy Sherman o Hannah Wilke.

Así pues, retomo este legado dando relevancia al cuerpo femenino como obra artística en sí misma, la cual queda reflejada fotográficamente como una ausencia dentro de un espacio atemporal y, en cierta medida, distante, frío pero habitable. Esto es, las fotografías que se observan en la muestra, no son sino representaciones de cuerpos que dentro de su propia fisicidad se muestran vacíos, impersonales, como si un halo de ausencia se hubiera propuesto hacer la diferencia entre éste y el espacio ocupado. 

Por ende, la figura y el entorno configuran un rompecabezas de extraña percepción, en el cual, juega un importante papel la luz, dando de este modo a la representación un doble significado en el que el espacio, también se torna como un espacio interior, donde, tal y como diría Serrano, temerosamente se refugia la luz en el centro de la materia que tristemente envuelve la escena.

Aquí entraría también en juego el problema de identidad constantemente conformado desde la ausencia, la falta y la vacuidad. Por ello, todo aquello que integre al individuo ayuda a perpetuar su identidad, denotando las virtudes y las carencias, las ausencias; y por consiguiente, el subconsciente (lugar donde lo interior es exterior, y lo exterior, interior, la extimidad, que significa una escisión) sería otra pieza clave en este proceso de personalización, el cual moldea al individuo, lo integra y lo transforma. Le da la ordenación que recibe del mundo y que el individuo adopta. Todas las concepciones artísticas se han debido a la función del subconsciente, y esta síntesis de fotografías no lo son menos.

 El mostrar carencias, esperanzas o ilusiones mediante formalismos ficcionales no son más que pequeñas dosis de ausencias; buscando en cierto modo el halo del espejo vacío, buscando un reflejo que nunca tiene cabida, buscando nuevos espacios para afianzar estos elementos ‘ilusorios’ artísticos.

Además, esta obra concebida como instalación, no es sino una especie de ‘environment’, pero cercana al movimiento de ‘happening’ (dé-collage como diría Vostell) o Fluxus, en lo que respecta a la esencia de éste como ritualización y estetización de la vida encontrada, es decir, el ritual del hombre como obra de arte. A través el happening la vida normal se convierte en un proceso formativo, donde el ser humano entra en conciencia, entra en el ser.

Asimismo, tal y como le sucedía a Sophie Calle, de la serie de fotografías que se muestran en esta instalación emergerá algo íntimo, grave, algo verdaderamente significativo y revelador. Este algo es casi siempre inefable: una ausencia, un desplazamiento que permite que veamos la propia vida como algo ajeno a nosotros mismos, el sentimiento de extrañeza que conlleva la intrusión en la intimidad y la difusión de mundos privados, usurpando en ocasiones la identidad para prevalecer en otras.

Se trata de fabular entre la identidad y la máscara, la realidad y la ficción, la vida y la muerte (y la vida y el arte), el vacío y el cuerpo. Y en ello juega un factor fundamental su distribución, colocando las fotografías en línea recta una tras otra dejando un espacio amplio entre ellas y estando sujetas por caballetes en color claro; además, entre-poniéndose a la distancia se extienden telas vaporosas y de tejido sedoso de color blanco también, propiciando el contexto idóneo para que la percepción quede en cierta medida aletargada y las formas y las esencias retocen entre lo presente y lo ausente.

Además de todo esto, el proyecto incluye una tercera parte en la instalación, que concluye con un vídeo que se proyecta justo detrás de esta fila de telas y fotografías alineadas. La grabación mostrará un espacio blanco, sin absolutamente ningún rasgo que entorpezca ese plano monocromático, y la mayor relevancia del vídeo es, sin lugar a dudas, el sonido ¿o tal vez el silencio?

Este proceso sonoro, que en cierta medida, puede resultar más bien ruido, es así puesto que la no coherencia unitaria entre las partes crea un ruido que resulta el efecto más inteligible de la ruptura de las imágenes; representando lo fragmentado, lo roto, el espacio fraccionado, dividido, para dar paso a su desaparición, a su no-ser, a su ausencia, esto es: el silencio. Así, se conforma un pequeño homenaje a la música Fluxus, aquella que hacía los sonidos de lo real, de lo cotidiano, la música dé-collage, o lo que es lo mismo, la música de la vida a la par que a la estética de la ausencia.

En cuanto a la cromática, las fotografías están engalanadas en un contundente contraste blanco y negro, para integrarse con el resto de elementos del ‘environment’ (caballete, telas, paredes, la proyección), que irán en un blanco inmaculado e impoluto por la relación que Fontana supeditó al lugar y a la nada: radicalizar cada vez más en lo monocromo (…) con una predilección por el blanco, puesto que es relacionar inmediatamente el espacio con el vacío, quizás por la razón de que sea el camino paralelo a lo inmaterial

Así, queda englobada una instalación destinada a sentirse y experimentarse en la línea que se lleva describiendo en todo el proyecto, luchando entre la antítesis y síntesis, mientras algunos elementos seguirán confrontados como generadores del discurso artístico más actual: la relación entre presencia y ausencia.

Ojanguren

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